
Hoy, un amigo maestro que me observaba desde la rama de un florido árbol, me transmitió sabiamente aquella lección que nunca había llegado a racionalizar: Aprender a callar y observar. Observando y grabando cuanto ocurre ante nuestros ojos en los cimientos de nuestros pensamientos es cuando realmente podemos conseguir entender, comprender y aceptar.
Siempre me he preguntado qué fascinación ejerce sobre mí la estática imagen de un búho. Lo cierto es que sus ojos grandes, profundos como un pozo sin final relleno de misterio, arrancan de mi razón aquellas eternas preguntas a la que nunca responde: ¿Qué sabes tú que no sé yo? ¿Qué has visto tu que no haya visto yo?
I sigue con sus fuertes garras impertérrito sobre la rama, silencioso y fijo en mi rostro, callado ..... guardando su vieja sabiduría que se llevará con su muerte a la eternidad. Nunca me contestará.
Su expresión es seria, desesperadamente expectante. Me transmite sentimientos de reprobación y al mismo tiempo que me da la impresión de que me comprende. Que lo sabe todo sobre mí y que por dentro sonríe porque sabe que poco a poco, mi experiencia vital va siguiendo sus pasos intentando alcanzar su placidez, su seguridad y su convicción de que tiene respuestas para todo. Por fuera es todo figura. Pero, camuflado por sus plumas, se ríe. Nadie va a descubrir su todo integral.
Por eso hoy tengo que darle las gracias a ese ser que, al contrario que el búho, ha sabido encontrar las palabras adecuadas para darme a entender que, en realidad, el silencio es oro y, en silencio, también se pueden escribir palabras sin letras.
21 de marzo de 2009 1,45 h.