23,14 pm

Una noche más sentada frente al ordenador observando el negro espejo de la ventana. Llueve. No me canso de mirarlo. Me cuenta una historia y la imbuye en mi cerebro, mientras me incita a dibujar una sonrisa de placer por un hechizo inventado.
Me gusta la lluvia. Siempre me ha dado la impresión de ser agua bendita que unos lindos querubines van vaciando con sus cubos color nube ingrávida e invisible. Se desparrama sobre montañas, ríos, calles, altos edificios, gente desprevenida y niños que la reciben con jolgorios y algarabías. Limpia nuestra contaminación, nuestras impurezas y hace que, al terminar, la tierra huela a vida y la ciudad deje de oler a perdida humanidad.
Me gusta la lluvia. Me gusta en mi ventana. Continua, incesante y constante mantiene los cristales plateados y brillantes como guirnaldas de Navidad. Qué bonito ver mi ventana llena de estrellas traslúcidas que surcan caminos largos, atajos, cruces, unidas al cristal como un imán al metal. No es torrencial, pero sí abundante. Por ello también voy resiguiendo miles de gotas fugaces que apenas adoran la superficie y desaparecen rápidamente hacia el sur del marco. Si pudiese pedir un deseo por cada una de ellas, ¡cuántos sueños no iba a conseguir! .. pero no tengo tantos sueños ni tampoco tantos deseos.
El cristal; el cristal es mi piel: fría, solitaria, destinada a separar dos mundos: el terrenal y el de los sentidos. A poner barreras entre la exteriorización y lo íntimo. Las gotas de lluvia
son tus caricias: largas, imperceptibles, mojadas de besos. De vez en cuando, el roce de tu pelo en mi espalda me produce una reacción eléctrica fugaz y sigues lento, abrazado a mi sin tiempo. El recorrido de tus dedos, deja surcos de caminos iluminados por una estela de calor que, indefinidamente, se transforman en guirnaldas plateadas que quedan prendidas en mi cuerpo como ahora observo en la ventana que sigue en silencio para no dejar de gozar del armónico chasquido del agua. El cristal y la lluvia. Mi piel y tus caricias. Me gusta la lluvia porque me hace soñar e inventar historias del alma.

Una noche más sentada frente al ordenador observando el negro espejo de la ventana. Llueve. No me canso de mirarlo. Me cuenta una historia y la imbuye en mi cerebro, mientras me incita a dibujar una sonrisa de placer por un hechizo inventado.
Me gusta la lluvia. Siempre me ha dado la impresión de ser agua bendita que unos lindos querubines van vaciando con sus cubos color nube ingrávida e invisible. Se desparrama sobre montañas, ríos, calles, altos edificios, gente desprevenida y niños que la reciben con jolgorios y algarabías. Limpia nuestra contaminación, nuestras impurezas y hace que, al terminar, la tierra huela a vida y la ciudad deje de oler a perdida humanidad.
Me gusta la lluvia. Me gusta en mi ventana. Continua, incesante y constante mantiene los cristales plateados y brillantes como guirnaldas de Navidad. Qué bonito ver mi ventana llena de estrellas traslúcidas que surcan caminos largos, atajos, cruces, unidas al cristal como un imán al metal. No es torrencial, pero sí abundante. Por ello también voy resiguiendo miles de gotas fugaces que apenas adoran la superficie y desaparecen rápidamente hacia el sur del marco. Si pudiese pedir un deseo por cada una de ellas, ¡cuántos sueños no iba a conseguir! .. pero no tengo tantos sueños ni tampoco tantos deseos.
El cristal; el cristal es mi piel: fría, solitaria, destinada a separar dos mundos: el terrenal y el de los sentidos. A poner barreras entre la exteriorización y lo íntimo. Las gotas de lluvia
son tus caricias: largas, imperceptibles, mojadas de besos. De vez en cuando, el roce de tu pelo en mi espalda me produce una reacción eléctrica fugaz y sigues lento, abrazado a mi sin tiempo. El recorrido de tus dedos, deja surcos de caminos iluminados por una estela de calor que, indefinidamente, se transforman en guirnaldas plateadas que quedan prendidas en mi cuerpo como ahora observo en la ventana que sigue en silencio para no dejar de gozar del armónico chasquido del agua. El cristal y la lluvia. Mi piel y tus caricias. Me gusta la lluvia porque me hace soñar e inventar historias del alma.