Hay días como hoy en que me siento ingrávida, elevada como un pájaro y fluorescente como una estrella de colores. Un día en que yo no soy yo. Mis pies no notan el suelo y en cambio mi corazón, mi respiración y mi mente siguen funcionando como independientes del cuerpo, en una dimensión sumamente extrapolada. Mi sensibilidad amanece con la primera luz del amanecer y deja mi garganta llena de lágrimas retenidas cuando, en silencio, voy cerrando el último interruptor de la casa. Voy a acostarme habiendo sobrevivido a un día más de fuertes sentimientos y ensoñados deseos de ternura y amor que se han metido en mi piel mientras el cielo atardecía y se iba abrochando su manto de ónice noche.Hace miles de años, el ser humano empezó a ponerle nombre a las cosas, verbos a las actividades, artículos y pronombres a la gramática; hasta llenar miles y miles de hojas que, juntas, han llegado a crear aquello que llamamos Diccionario. De allí sacamos las palabras para describir e intentar explicar nuestros pensamientos. Humanamente, es muy útil. Sentimentalmente, es muy pobre.
Nadie ha podido encontrar ni una sola sílaba que pueda dar a entender o transmitir aquello tan poderoso, tan explosivo, tan fuerte, maravilloso o doloroso, que conmueve nuestras entrañas hasta lo más profundo de una sola célula y desequilibra nuestra intrínseca naturaleza carnal. ¿Cómo es posible entonces que nadie que no esté en nuestra misma esencia pueda, ya digo tan solo comprender, cuan fuera de la gravedad del planeta tierra puede hallarse en un tiempo concreto un ser inmerso en un estado invisible e intangible de sensaciones y emociones que no tienen nombre?. Por eso quienes amamos intensamente, lloramos convulsivamente o necesitamos interiormente, acostumbramos a decir: NO HAY PALABRAS.
Quizás haya sido mi primera festividad sin familia, quizás mi soledad o el silencio por respuesta a mi eterna pregunta ¿porqué no he sido amada?; en realidad ni lo sé ni creo que me importe. Lo único que llevo haciendo todo el día es cerrar los ojos, echar mi cabeza hacia atrás y llegar a imaginar que unas manos acarician mis hombros; dulcemente bajan por mis desnudos brazos y cogiendo mis manos, me estrechan en un abrazo tierno, dulce y protector que hace que mi cuerpo se estremezca en un cobijo prometedor. Unos labios sellan mi frente desnuda al aire y en ese momento ya sé que con tan sólo esos dos inocentes gestos, alguien me está amando.
Porque el amor no es sexo, ni regalos, ni un montón de atenciones. Amor es sentir, dar, ofrecer, soñar, sonreír, contemplar el mar o mecerse mentalmente en las copas de los árboles al son de la música del viento. Aunque también es yacer adorablemente sonrojada con la cabeza apoyada en el pecho de tu amante y con su brazo rodeando su espalda mientras el corazón va recuperando su ritmo habitual iluminado por algo que quisiéramos expresar pero no tiene nombre : NO HAY PALABRAS.